La gran mayoría de nosotros a
diario nos vemos expuestos a algún medio de comunicación. Aun eludiendo
voluntariamente la televisión y las notificaciones por internet, siempre pasa
algo o alguien que de alguna forma nos mantiene al día de lo que pasa en el
mundo más allá de la oficina. De otro lado, los más entusiastas han hecho de
los audífonos una extensión del cuerpo y sirven casi como antenas biológicas,
haciendo extensivo lo que sea que estén escuchando.
En las mañanas, el bombardeo de
información que muchos tratamos de procesar en el intermedio del ritual
“vestirse-desayuno”, queda en su mayoría mal digerido, pues el acto de escuchar
se ha transformado por el de oir y en esa misma medida los sonidos de las
radios son casi ruido blanco que nos sirven para distraernos del sonido de los
automotores, el aplastamiento en los buses y el choque de los zapatos contra el
asfalto.
Suponemos que por el hecho de recibir
más datos, declaraciones, informes o fotografías estamos un paso más allá sobre
alguien, cuando en verdad los datos no se convierten en información y ésta en
inteligencia por sí misma, sino que requieren por parte de sus receptores de un
criterio propio para direccionar lo recibido y proceder a formar una idea
original.
Esto, sin embargo, no es común de
ver en nuestra sociedad y se ve evidenciado tanto en la religión como en la
política. La percepción individual sucumbe ante la presión social y antes de formar
un criterio mínimo para trabajar con los pros y los contras de las ideas que
fluyen en nuestro entorno, estamos vinculados casi permanentemente con una
confesión espiritual y social cuando apenas somos capaces de reconocer al
sujeto que se refleja en el espejo.
El resultado es una nación que se
niega a pensar, y presa de la negación espera algún día que una fuerza mística
ponga gente que los dirija bien, empresas con sueldos generosos sin horarios
extendidos no pagos y calles pavimentadas… al menos. Lo cierto es que si desde
temprano no se alienta la construcción de un pensamiento encaminado hacia la
duda en vez de hacia insatisfactorias respuestas, podemos resignarnos sin duda
a obtener resultados similares a los de hoy.
Mientras no se formen escuelas y
hogares que trabajen en la tendencia natural que teníamos cuando éramos niños,
donde curiosos indagábamos en todo, preguntas diferentes a donde vamos a comer
esta noche, que celular voy a comprar o que vestido me pondré el día de mañana
seguirán teniendo prioridad en nuestras cabezas. De momento, el ruido de las
radios y el brillo de los televisores seguirán llegando a nosotros como una
suave y adormecedora brisa radioactiva.
