Los tiempos han cambiado y la
forma como vemos un buen líder hoy es casi radicalmente diferente a como lo era
hace veinte años. Hoy en día son mucho más valoradas las virtudes sociales de
un dirigente respecto a su capacidad intelectual. Esta tendencia ha permitido
que personas hábiles en el manejo del talento humano sean puestas en cargos
donde el estrés y la falta de instrucciones claras hacen del día a día una
tortura para cientos de personas en todo el mundo (si bien hay casos de
personas socialmente muy hábiles en cargos directivos pero cuyas habilidades
son muy limitadas).
La creación de valor hoy en día
está más enfocada en cosas que a largo plazo convienen a las organizaciones. La
pasión, la creatividad y la iniciativa son mucho mejor vistas respecto a
valores tradicionales como la obediencia y la diligencia, en especial, porque
los líderes de hoy esperan que quienes trabajen para ellos los corrijan a
tiempo ante decisiones trascendentales.
La consciencia y el control de las emociones es clave para la dirigencia de hoy. Daniel Goleman en su libro Inteligencia Emocional nos introduce con un ejemplo a este campo. Un bebé llora incontrolablemente hasta que lo alimentan o le cambian el pañal. Esa reacción no la aprendió. Viene incorporada en él. Lo que cambia al crecer es la consciencia que tiene sobre esa situación para manejarla y utilizar el llanto en función de las emociones respectivas. Este ejemplo nos hace ver como la diferencia de un líder
no radica en la inexistencia de una o varias emociones sino en la consciencia
que tiene de ellas y de cómo canaliza la frustración o el éxito con el fin de
mantener un equipo de trabajo motivado hacia un fin. El secuestro amigdalino, sin
embargo, tendrá sus momentos y creo que está bien saber que aunque nuestra
corteza prefrontal ha evolucionado permitiéndonos el control sobre nosotros
mismos, la biología del cerebro hace que una reacción rápida, emotiva y
desmedida esté siempre latente y más en esta época, donde a pesar de tener la
tecnología que nos haría libres para trabajar solo unas horas al día, vemos a
la gente absolutamente absorbida por horarios laborales extendidos y una
interminable serie de tareas.
Es precisamente en este punto
donde vemos al sistema nervioso actuar. Los sistemas simpático y parasimpático
son utilizados permanentemente y el reto es poder controlar los momentos de
intranquilidad y estrés con aquellos más lentos o aletargados con el fin de
lograr equilibrio.
El apego, por otro lado, es un
arma de doble filo que puede hacernos sucumbir ante prejuicios y
elegir/descartar personas solo por cuan bien pueden caernos. Los introvertidos,
por ejemplo, podremos caer en juicios errados sobre los extrovertidos al
catalogarlos a todos como personas descuidadas, vividoras e irresponsables. Por
otro lado, los extrovertidos pueden pensar de nosotros que somos personas
solapadas o en quienes no se puede confiar (pues al no tener la necesidad de
hablar permanentemente, se piensa que siempre nos reservamos algo de
información).
En definitiva, el liderazgo
carismático y transformacional (al que se aspira hoy en día) se fundamenta no
en la eliminación de las emociones sino en su efectiva canalización. La
introspección es clave, pues más vale uno mismo darse cuenta de sus defectos de
carácter y trabajar en ellos en vez que estos afloren en una era de altas
tensiones y carreras interminables.


