La vida trae toda clase de momentos. Hoy la felicidad se ha convertido en una meta para muchos, que por medio de la adquisición de bienes tratan de alcanzar algo que trata de ser esquivo. Otras personas buscan eso por medio de alguna doctrina. El caso es que la felicidad se ha vuelto el santo grial y se menosprecia su opuesto.
Llevo meses, quizás años buscando un trabajo en mi campo. Mis opciones se han limitado a un call center o a las ventas (ya sea como ejecutivo normal o de trade marketing). Si bien uno trata de mostrar buena cara y tener actitud, lo cierto es que he dejado de lado la tristeza y la depresión normal, que quizás sean la fuente de cambio. Asimismo, algunas circunstancias y malas decisiones en mi vida privada se suman, pero no me llego a doblegar ante la sensación
Hace poco lei algo respecto a que si uno finge todo el tiempo ser feliz, llegara el punto donde uno realmente lo sea sin darse cuenta. No me convenció. Soy partidario de que los problemas personales no necesitan atención pública, sino cuidado de las personas que son cercanas a uno.
Hoy sin embargo me he animado a publicar algo de lo que sucede más allá de la máscara quizás como una invitación a no dejar de lado los estados anímicos grises, o morados. Pienso, aún en esta especie de depresión, que un estado asi nos puede mostrar que hay hábitos, circunstancias o personas que uno debe dejar para alcanzar al menos paz. Puede que más bien sea otra cosa, pero lo cierto es que uno tiene el poder de ser feliz, así sea con el salario mínimo y sentado en un andén con un perrito al lado.
La depresión quizás sea un anuncio para desprendernos del objeto de nuestra depresión y abrazar la paz desde la libertad.
Por ahí va la idea. Hasta aquí la dosis de filosofía barata y zapatos de goma.
