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jueves, 5 de julio de 2012

Una historia poco contada


Hoy quiero compartir dos fragmentos que he encontrado en el libro Dios no Existe, lecturas esenciales para el no creyente de Cristopher Hitchens. Espero sean de su agrado y aporten además una perspectiva sobre el poder de las convicciones producto de la razón y el análisis de ver las cosas como son, mas no como quisiéramos que sean. Para entender aún mejor el contexto de estas palabras, hay que decir que su autor, Primo Levi, fue uno de los millones de judíos que cayeron presos bajo el régimen nazi. Las historias se desarrollan en torno a uno de tantos días de “selección” en Auschwitz.

Poco a poco, prevalece el silencio y entonces, desde mi litera que está en el tercer piso, se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta, con la gorra en la cabeza y oscilando el busto con violencia. Kuhn da gracias a Dios porque no ha sido elegido.
                               Kuhn es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el Griego que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y está acostado y mira fijamente a la bombilla sin decir nada y sin pensar en nada?¿No sabe Kuhn  que la próxima vez será la suya?¿No comprende Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna oración propiciatoria, ningún perdón, ninguna expiación de los culpables, nada, en fin, que esté en el poder del hombre hacer, podrá remediar ya nunca?
                               Si yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn.

                                                                                            PRIMO LEVI, Si esto es un hombre

También yo he entrado en el Lager como no creyente, y como no creyente he sido liberado y he vivido hasta hoy; la experiencia del Lager, su iniquidad espantosa, mas bien me ha confirmado en mi laicismo. Me ha impedido, y todavía me impide, cualquier clase de providencia o de justicia trascendente. […] Debo admitir, sin embargo, haber sentido (y de nuevo una sola vez) la tentación de ceder, de buscar refugio en la oración. Sucedió en octubre de 1944, en el único momento en que me he dado cuenta lúcidamente de la inminencia de la muerte, cuando, desnudo y apretujado entre compañeros desnudos, con mi ficha personal en la mano, esperaba desfilar ante la comisión que debía decidir, con una ojeada, si iría enseguida a la cámara de gas o si, por el contrario, estaba lo suficientemente fuerte para seguir trabajando. Durante un instante, he sentido la necesidad de pedir ayuda y refugio. Después, a pesar de la angustia, se ha impuesto la ecuanimidad: no se cambian las reglas del juego al final de la partida ni cuando estás perdiendo. Una oración en aquellas circunstancias habría sido no solo absurda (¿Qué derechos podía reclamar?, ¿a quién?), sino también blasfemia, obscenidad, llena de la mayor impiedad de la que es capaz un no creyente. Dejé de lado aquella tentación: sabía que así, si sobrevivía, no tendría que avergonzarme.

                                                                                PRIMO LEVI, Los hundidos y los salvados.

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