Hoy quiero compartir dos fragmentos
que he encontrado en el libro Dios no
Existe, lecturas esenciales para el no creyente de Cristopher Hitchens.
Espero sean de su agrado y aporten además una perspectiva sobre el poder de las
convicciones producto de la razón y el análisis de ver las cosas como son, mas
no como quisiéramos que sean. Para entender aún mejor el contexto de estas
palabras, hay que decir que su autor, Primo Levi, fue uno de los millones de judíos
que cayeron presos bajo el régimen nazi. Las historias se desarrollan en torno
a uno de tantos días de “selección” en Auschwitz.
Poco a poco,
prevalece el silencio y entonces, desde mi litera que está en el tercer piso,
se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta, con la gorra en la cabeza y
oscilando el busto con violencia. Kuhn da gracias a Dios porque no ha sido
elegido.
Kuhn es un
insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el Griego que tiene veinte
años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y está acostado y mira fijamente a
la bombilla sin decir nada y sin pensar en nada?¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya?¿No comprende
Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna oración propiciatoria,
ningún perdón, ninguna expiación de los culpables, nada, en fin, que esté en el
poder del hombre hacer, podrá remediar ya nunca?
Si yo fuese Dios,
escupiría al suelo la oración de Kuhn.
PRIMO
LEVI, Si esto es un hombre
También yo he
entrado en el Lager como no creyente, y como no creyente he sido liberado y he
vivido hasta hoy; la experiencia del Lager, su iniquidad espantosa, mas bien me
ha confirmado en mi laicismo. Me ha impedido, y todavía me impide, cualquier
clase de providencia o de justicia trascendente. […] Debo admitir, sin embargo,
haber sentido (y de nuevo una sola vez) la tentación de ceder, de buscar
refugio en la oración. Sucedió en octubre de 1944, en el único momento en que
me he dado cuenta lúcidamente de la inminencia de la muerte, cuando, desnudo y
apretujado entre compañeros desnudos, con mi ficha personal en la mano,
esperaba desfilar ante la comisión que
debía decidir, con una ojeada, si iría enseguida a la cámara de gas o si, por
el contrario, estaba lo suficientemente fuerte para seguir trabajando. Durante
un instante, he sentido la necesidad de pedir ayuda y refugio. Después, a pesar
de la angustia, se ha impuesto la ecuanimidad: no se cambian las reglas del
juego al final de la partida ni cuando estás perdiendo. Una oración en aquellas
circunstancias habría sido no solo absurda (¿Qué derechos podía reclamar?, ¿a
quién?), sino también blasfemia, obscenidad, llena de la mayor impiedad de la
que es capaz un no creyente. Dejé de lado aquella tentación: sabía que así, si
sobrevivía, no tendría que avergonzarme.
PRIMO
LEVI, Los hundidos y los salvados.

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