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martes, 12 de abril de 2016

El hombre que confundió el erario con su cuenta bancaria (Parte I)

No son extraños los casos donde el dinero recaudado en impuestos se evapora y no precisamente por causa del calentamiento global. Casos abundan todo el tiempo y así como florecen los titulares de prensa denunciando toda clase de políticos, empresarios y contratistas, de igual forma tales acontecimientos desaparecen de forma rápida de nuestras mentes.

Abordar la corrupción desde las neurociencias no es algo que abunde en las conversaciones entre intelectuales y ciudadanos preocupados. Sin embargo, un espléndido y muy digerible libro puede darnos luces al respecto y de paso ayudar a mejorar los índices de lectura de nuestros países (http://es.scribd.com/doc/34324535/Corrupcion-Cerebro-y-Sentimientos-Una-indagacion-neuropsicologica-en-torno-a-la-corrupcion#scribd). 



Para iniciar, sabemos que nuestras conductas están predispuestas por nuestros genes y el entorno en el que crecemos. Aún hoy, el instinto de supervivencia y conservación sigue siendo muy fuerte. Abordamos retos con máxima creatividad, pero hay un punto donde la inventiva roza los límites morales y no en pocas ocasiones pasa por encima de tales barreras con el fin de podernos hacer de aquel coche último modelo (ver la película The Big Short puede ser bastante ilustrativo).

En este sentido, vale la pena imaginar el momento en que, tras un delito, víctima y victimario se encuentran. El criminal, tras ser capturado y confrontado con su víctima puede sentir culpa y arrepentimiento. Esto, gracias a las neuronas espejo y a la llamada Teoría de Mentes (ToM). Ellas, nos permiten recrear en nuestro cerebro una imagen de cómo se sienten las personas que nos rodean y replicar tales sensaciones dentro de nosotros. Entre más cercana sea la relación o la confrontación entre víctima y victimario, más alta será la disposición a renunciar a la conducta indebida e incluso a tratar de compensar al afectado. La ínsula interviene también para ayudarnos a comprender la situación de la otra persona. Es una especie de simulador incorporado por medio del cual podemos sentir (de alguna forma) la frustración o el enojo de los demás.

Pero, ¿por qué sabiendo esto nuestros cerebros son incapaces de interiorizar la corrupción como el gran fenómeno y enemigo a derrotar? La respuesta está en que a menos que tengamos una relación emocional y consiente de tales efectos, nuestra percepción sigue viendo la corrupción como un fenómeno que solo afecta a gente y estructuras lejos de nuestra vida cotidiana. Cuando se trata de algo tan abstracto como la propiedad pública, la mente es incapaz de visualizar fácilmente a las víctimas de un presupuesto mal elaborado o de la prolongación en la reparación de una vía principal.

Un efecto similar al cambio climático, pues hasta no ver como el agua o el fuego visita la sala de nuestra casa, lo seguiremos viendo como un fenómeno aislado que solo afecta a los exóticos habitantes de islas y archipiélagos lejanos.


Sabiendo esto, parte de la solución al problema está en formar en nuestros cerebros una conexión lógica y emocional que nos permita visualizar de forma fácil los efectos de la corrupción en la vida de los demás. Para ello, podemos ver cómo funciona el cerebro en el proceso de aprendizaje y los factores que influyen en la atención, la motivación y la memoria, vitales para la correcta asimilación de conceptos...(continuará)

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