Después de una semana de agotadoras demandas laborales llega el sábado. Por fin vamos a tener tiempo suficiente para los trabajos pendientes de la universidad cuando Juan, nuestro buen amigo, dice que va a estar cerca de nuestra casa y quiere saber si vamos a estar disponibles para hablar un rato. Habiendo ya encendido el computador y habiendo definido el título de nuestro proyecto, pensamos que hemos dado el paso más difícil y creemos merecer un justo descanso. Presupuestamos que nuestro encuentro tomara sólo un par de horas (máximo). Al llegar nuestro amigo salimos a buscar un buen sitio para conversar y tomar algo. La salida se prolonga si conocemos a alguien interesante en el proceso y terminamos extendiendo nuestra breve salida hasta la madrugada.
Al día siguiente, nos levantamos y el tiempo parece correr más rápido. Invertimos toda la mañana en levantarnos y llegar hasta la ducha. Llega la tarde y salimos a buscar algo que comer. Llegamos nuevamente a casa, adelantamos un par de párrafos más, cuando por nuestra mente cruza la imagen de aquella buena película y hacemos otra pausa para mirar en que funciones está disponible. Calculamos (nuevamente) que podemos terminar el trabajo en máximo una hora, por lo que nos permitimos una licencia más y vamos a verla. Llegamos nuevamente a nuestra casa. Es tarde, prendemos las luces y nos disponemos a seguir. El trabajo está casi hecho, aunque nos ha demandado casi tres horas. En instantes transmitirán el nuevo capítulo de The Walking Dead (donde van a desenmascarar al causante del virus zombi… por fin) y teniendo en cuenta que solo nos faltan las conclusiones nos entregamos al ocio. Finaliza el capítulo (no se descubrió el misterio), los párpados pesan demasiado, aunque lo suficiente para poner los párrafos suficientes, agradecimientos respectivos y enviarlo. La labor está hecha… aunque… ¿no teníamos que hacer también un ppt para la presentación del nuevo proyecto el lunes en la mañana?
Nuestro cerebro es increíble en muchos sentidos. Nos ha permitido explorar el mundo y sacar provecho de sus recursos como ninguna otra especie en la historia. Sin embargo, sigue siendo un órgano de naturaleza cortoplacista, perezosa y hedonista. Esto, pues su prioridad es la de hacer la mayor cantidad de trabajo con la menor cantidad de esfuerzo posible. Consume el 20% de la energía total del cuerpo (a pesar de que equivale solo al 2% del peso de una persona) y hace lo posible para analizar de la mejor forma y muy rápidamente las prioridades y los métodos para realizar tareas. Al exponerse ante un reto al cual no está acostumbrado, busca la forma de encontrar una alternativa o un escape, y en escenarios como el mostrado al principio, se rendiría fácilmente ante las tentaciones de no ser por la corteza cerebral, encargada de los procesos complejos como la planeación, el pensamiento y la toma de decisiones.
Al aplazar nuestras responsabilidades, el cerebro libera neurotransmisores como la dopamina que nos hacen sentir alivio y placer cuando dejamos de lado esa tediosa tarea y nos damos algún gusto. Sin embargo, al abrazar la procrastinación podemos estar creando una adicción. El sistema límbico encargado de las emociones y la memoria, así como de la personalidad y la conducta, va afianzando este comportamiento haciendo que cada vez sea más fácil caer en tales prácticas.
Sin embargo, al finalizar el efecto analgésico y encontrarnos nuevamente con fechas de entrega, entramos en un estado de estrés. En este caso, el cerebro libera la hormona glococorticoides, que si bien protege a los organismos en este estado, al intensificarse termina dañándolos severamente. Otro agradable efecto de esta autoimpuesta situación es el que sentimos a causa de la amígdala. Ligada a las emociones y especialmente al miedo, trabaja en conjunto con el hipotálamo, que regula el funcionamiento del sistema nervioso. Bajo presión, podemos llegar a sentir pánico, ansiedad y agotamiento a causa de situaciones que nos rebasan y para las cuales tuvimos tiempo de sobra de no ser por la interrupción de Juan… ese taimado Juan (aun así, la gran mayoría de las personas siguen indicando en sus entrevistas de trabajo que aman la presión, un jefe que grite fuerte y los horarios extendidos).



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